Sin aquellos ojos marrones no había aire respirable en el mundo, ni agua que se pudiera beber, nada.
Sin ella se le acabaría el mundo, ese mundo de maravillosa realidad y fantasía en el que ella lo había hecho entrar.
Qué quedaba por hacer ahora que estaba perdido? En qué cuello iba a depositar todo su dolor? La había perdido, era un hecho.